Saltar la cerca



Existe una expresión popular que dice que cuando una persona salta la cerca y no ocurre nada, los demás terminan creyendo que también pueden hacerlo. Poco a poco, la excepción se convierte en costumbre y la costumbre termina reemplazando la norma.

En 2023, varias personas me preguntaron por qué no apoyaba la candidatura de Nicolás Gallardo a la Gobernación. Quienes me hacían la pregunta conocían la historia de mi familia y sabían que mi madre había trabajado en el Hotel Dorado, donde siempre recibió un trato respetuoso por parte de sus propietarios. Para muchos, eso debía ser suficiente razón para respaldar un proyecto político.

Mi respuesta fue sencilla. Solo tenía una razón para no hacerlo: la ley establecía un límite de seis pisos para las edificaciones en las islas, mientras que el proyecto hotelero se estaba construyendo con ocho. Más allá de cualquier consideración personal, ese hecho me generaba una inquietud profunda. Si una persona considera que puede ignorar una norma cuando esta le resulta incómoda, ¿qué garantiza que no hará lo mismo cuando ocupe una posición de poder?

Para mí, el respeto por la ley no es un asunto secundario. Es una señal de cómo una persona entiende su relación con la sociedad. Las normas no existen únicamente para quienes tienen menos influencia; existen para todos.

Aquella posición me costó caro. Fui objeto de un caso muy sonado de acoso en redes sociales que terminó llegando a la Fiscalía. En medio de esa situación, un dirigente político difundió información personal que debía estar protegida y afectó mi buen nombre. Más allá de las consecuencias personales, aquello me dejó una reflexión preocupante: pareciera que una nueva forma de hacer política se resume en una frase muy simple: si no estás conmigo, estás contra mí. Y si estás contra mí, debo desacreditarte.


Hoy nos acercamos nuevamente a escenarios electorales decisivos, tanto a nivel nacional como local. Sin embargo, mi posición sigue siendo la misma. Las personas que violan las normas no deberían convertirse en referentes para gobernar. No importa el partido político al que pertenezcan, la ideología que defiendan o las causas que representen. El respeto por la ley no puede ser una condición que exigimos a nuestros adversarios y dispensamos a nuestros aliados.

Con frecuencia justificamos las faltas porque compartimos las ideas de quien las comete. Decimos que otros también lo hicieron, que el fin es correcto o que existen problemas más importantes. Así es como comenzamos a saltar la cerca: primero una vez, luego otra, hasta que olvidamos por qué la cerca estaba allí.

Mi reflexión está dirigida especialmente a quienes no ocupamos cargos públicos ni tenemos grandes cuotas de poder. La mayoría de nosotros solo tenemos una herramienta para influir en el rumbo de la sociedad: nuestro voto.

Y es precisamente en ese momento donde se define qué clase de comunidad queremos ser. Una sociedad donde las normas se respetan incluso cuando nos incomodan, o una sociedad donde las normas se aplican únicamente cuando favorecen nuestras propias ideas.

Porque al final, cada voto responde una pregunta fundamental: ¿queremos gobernantes que respeten la ley o gobernantes que crean estar por encima de ella?

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