La familia tradicional no necesita que la salven
Cada vez con más frecuencia, políticos y líderes religiosos levantan la voz con urgencia: la familia tradicional está en peligro. El argumento se repite en campañas electorales, en púlpitos y en redes sociales con una intensidad que sugiere una amenaza inminente y devastadora. Y esa urgencia ha justificado algo que se parece cada vez más a una cruzada: contra las minorías sexuales, contra el derecho a decidir sobre la concepción, contra cualquier modelo de vida que se aparte del esquema de padre, madre e hijos bajo el mismo techo.
Un análisis reciente del portal católico tradicionalista Nuntiatoria, nada sospechoso de simpatías progresistas, señala algo que debería tranquilizar a los defensores de la familia convencional: las comunidades que viven según esos valores no solo sobreviven, sino que se reproducen por encima de la tasa de reemplazo. En Estados Unidos, donde la tasa de fertilidad general ha caído a 1,6 hijos por mujer, muy por debajo del 2,1 necesario para sostener la población, las comunidades católicas y evangélicas practicantes mantienen tasas significativamente más altas.
El Instituto para Estudios de la Familia (IFS, por sus siglas en inglés) documenta una brecha creciente: la caída en la natalidad se ha concentrado principalmente entre la población secular y con pensamiento progresista, mientras que las familias religiosas y conservadoras han amortiguado la tendencia. En términos llanos: quienes eligieron el modelo tradicional de familia siguen eligiéndolo, y siguen teniendo hijos.
Entonces, el discurso del peligro no está dirigido a proteger a las familias tradicionales de una extinción demográfica que no ocurre. Está dirigido, en buena medida, a regular las decisiones de quienes optaron por otro camino. Las minorías sexuales que forman sus propias familias no le quitan hijos a nadie. Las personas que deciden no tener hijos no vacían los hogares ajenos. Las libertades reproductivas no eliminan la posibilidad de que otros elijan tenerlos.
Lo que sí hace el discurso del pánico es algo más sutil: convierte una preferencia cultural, legítima, respetable, en una causa de urgencia política que justifica la restricción de derechos de terceros. Y eso es un problema independientemente de los valores que uno profese. Las familias que han decidido organizarse alrededor de una visión tradicional no necesitan que el Estado persiga a sus vecinos para sobrevivir. Necesitan lo mismo que cualquier familia: condiciones económicas que permitan criar hijos, acceso a salud y educación, y la libertad de vivir según sus convicciones. Nada de eso requiere que otros paguen el costo de sus libertades recortadas.
La demografía, paradójicamente, le da la razón a los conservadores en un punto que ellos mismos parecen ignorar: su modelo de familia tiene vitalidad propia. No necesita ser impuesto. No necesita adversarios. Y en este sentido, el discurso de la amenaza revela más sobre la política que sobre la familia.
Comentarios
Publicar un comentario