fratricidas
Hubo un momento, en algún lugar del tiempo que no podemos datar con precisión, en que dos seres humanos compartían la misma sangre, el mismo origen, el mismo Dios. Y uno de ellos levantó una piedra contra el otro. No contra un extraño. No contra un enemigo nacido en tierras lejanas. Contra su hermano. El asesinato de Abel a manos de Caín es, según el relato bíblico, la segunda gran tragedia de la humanidad. La primera fue la expulsión del Edén ,la pérdida del paraíso. Pero si aquella separó al ser humano de Dios, esta fue más oscura todavía: lo separó de sí mismo. Porque cuando Caín mató a Abel, no solo mató a su hermano. Mató la posibilidad de que pudiéramos vivir en armonía los unos con los otros. Lo más perturbador del relato de Génesis no es la muerte en sí. Es el contexto. Caín y Abel no son vecinos en disputa. No son reyes de naciones rivales. Son hermanos de la misma carne, criados bajo el mismo techo, adoradores del mismo Dios. El móvil tampoco es la supervivencia, no hay hambre, no hay guerra, no hay amenaza existencial. Hay envidia. Hay el insoportable peso de sentir que el otro fue preferido.
¿Cómo puede florecer el odio en el espacio tan pequeño que hay entre dos hermanos? El odio entre iguales no necesita razones grandes. Necesita diferencia, y la diferencia más pequeña basta: un reconocimiento que no llegó, una verdad que incomoda, una voz que no se quiere escuchar. El ser humano no necesita un extraño para destruir. Le basta mirarse en el espejo de alguien demasiado parecido a él. Ahí nació el fraticidio. No en los campos de batalla. En el interior de una familia.
Colombia vivió en los años ochenta y noventa uno de los períodos más oscuros de su historia. Pablo Escobar y el Cartel de Medellín habían convertido al país en un tablero de terror: jueces asesinados, presidentes amenazados, candidatos ejecutados en campaña. Sobre los policías, Escobar puso precio. Literalmente. Pagaba dinero por cada uniforme que cayera muerto. En ese contexto, mantenerse de pie no era valentía ordinaria. Era una declaración de principios que podía costar la vida. El Capitán Humberto Coral Caballero fue uno de los que se mantuvieron de pie. Integró el Bloque de Búsqueda, el grupo de élite de la Policía Nacional que persiguió a Escobar durante años hasta dar con él en diciembre de 1993. El Capitán Coral hizo lo que Colombia le pidió. Arriesgó lo que Colombia le pedía que arriesgara. Y contribuyó a poner fin al reinado de un hombre que había ensangrentado su propio país durante más de una década. El 22 de abril de 1994, pocos meses después de la caída de Escobar, el Capitán Coral fue asesinado en una calle de Medellín. Le dispararon a mansalva. Su hijo Franklin, Beto Coral, tenía ocho años.
Crecer con ese hueco que no se llena hubiera justificado, según la lógica que Colombia muchas veces premia, tomar el camino del odio. Declarar al resto del país enemigo. Pedir sangre con sangre. Es la respuesta que esta tierra conoce de memoria, la que ha repetido durante décadas hasta convertirla en reflejo. La familia Coral no tomó ese camino. Lo que pidieron fue algo más difícil y más valioso: que Colombia supiera qué había pasado. Que la muerte del Capitán no quedara en la impunidad que en este país devora silenciosamente a los valientes. No querían destruir a nadie. Querían que se hiciera justicia. Querían que el nombre de un hombre que dio su vida por su país no se borrara en el olvido conveniente.
Beto pasó años investigando. Y lo que encontró fue más perturbador que la bala misma: ciertos sectores institucionales, estructuras que debían proteger a quienes servían a Colombia, estaban relacionados con ese asesinato. No era solo el crimen organizado actuando desde afuera. Era el fraticidio desde adentro. La traición de los propios. Contó la historia entera en su libro El día que mataron a mi padre. Y en vez de encontrar el apoyo de un país que le debía a su padre algo más que silencio, fue revictimizado. No con balas esta vez , con el otro arsenal que la sociedad reserva para quienes dicen verdades incómodas: la amenaza, el aislamiento, la indiferencia que duele casi tanto como la violencia. Quienes no querían que esa historia se contara se aseguraron de que contarla tuviera un costo. En 2015, Beto Coral salió de Colombia. No huyendo de sus ideas, sino buscando algo elemental que su propio país le negaba: la posibilidad de existir sin miedo. Encontró en Estados Unidos lo que Colombia no supo darle. Un lugar donde, pensó, estaría a salvo.
Casi once años después, en junio de 2026, la historia alcanzó su vuelta más cruel. Beto Coral nunca dejó de ser lo que era: un activista, una voz, alguien que no aprendió a callarse. Y en ese camino, un abogado colombiano lo grabó sin su consentimiento y publicó esas grabaciones. Cuando Beto intentó responder, cuando quiso mostrarle al mundo el tipo de personaje que era ese ilustre ciudadano, fue arrestado por agentes federales al llegar a su propia residencia en Phoenix, Arizona. El lugar que consideraba su refugio. El país que representaba la libertad. El suelo donde creía que por fin nadie podía alcanzarlo. Hoy no hay certeza de lo que ocurrirá con Beto Coral. No se sabe bien cómo están sus condiciones físicas ni cuándo, ni si volverá a ser libre. Lo que sí sabemos es lo que su historia, de principio a fin, nos revela con una claridad que duele.
En Colombia existe una expresión que lo resume todo: destripar al otro. No es una metáfora inocente. Es la descripción precisa de una práctica que trasciende lo discursivo y se instala en el comportamiento, en las decisiones, en la manera en que una persona reacciona ante quien le incomoda, ante quien sabe demasiado, ante quien se atreve a existir de una manera que cuestiona el orden de los que tienen poder. La historia de los Coral, el padre que murió por servir a su país, el hijo que quiso contar por qué lo mataron y fue expulsado, y que luego fue detenido cuando intentó defenderse de una traición más, no es una anécdota colombiana aislada. Es el síntoma de algo que va más allá de una nación o una cultura: la incapacidad de haber interiorizado, en lo más profundo, el amor hacia el prójimo.
No como concepto religioso, sino como ntropológico. Cuando Caín levantó esa piedra, tomó una decisión que miles de años de civilización, de religiones, de leyes, de constituciones y de tratados de derechos humanos no han logrado revertir del todo: que el otro no es un hermano al que debo amar y proteger, sino un obstáculo al que debo quitar del medio. Un rival. Una amenaza. Alguien cuya existencia me estorba. Ese pensamiento, es el que mató al Capitán Coral. El que persiguió a su hijo durante treinta años a través de dos países. El que convirtió la búsqueda de justicia en causa de exilio y el exilio en otra trampa.
El homicidio es hoy uno de los delitos más frecuentes del mundo, y en América Latina alcanza dimensiones de epidemia. Pero la violencia más persistente no siempre es la que mata de un disparo. Es la que destruye lentamente: la que silencia, la que revictimiza, la que entrampa, la que espera al otro en el único lugar donde se sentía seguro. Esa también es una forma de fraticidio.
El relato de Génesis termina con una pregunta que Dios le formula a Caín después de que Abel cae muerto: ¿Dónde está tu hermano? Y Caín responde lo que seguimos respondiendo, con distintas palabras, hasta hoy: No sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?
Colombia le hizo esa misma pregunta al Capitán Coral cuando Escobar amenazaba con destruirlo todo. Él respondió que sí, que era guardián. Pagó por esa respuesta con su vida. La misma pregunta la tuvo que responder Beto Coral ¿guardas silencio o dices la verdad? y respondió que no, que la verdad no se negocia, que su padre merecía más que el olvido conveniente. Pagó por esa respuesta con el exilio. Y luego, cuando intentó defender su dignidad en tierra extranjera, pagó con su libertad.
Hay una línea directa, sin interrupciones, sin saltos en el tiempo, entre Caín levantando esa piedra y lo que le ocurrió a esta familia. Es la misma incapacidad, repetida durante milenios: no soportamos al que nos recuerda quiénes somos. No toleramos al que dice la verdad cuando la mentira nos conviene. No perdonamos al que sobrevive cuando queríamos que desapareciera. Eso no es política. No es ideología. No es una cuestión discursiva. Es una falla en el alma, que tambien se expresa en la cruccifición de Jesucristo. Y mientras sigamos sin reconocerla como tal, mientras sigamos sin asumir que el otro, cualquier otro, es un hermano al que debemos y no un obstáculo a eliminar, seguiremos siendo lo que Caín inauguró hace miles de años.. Fratricida!
Fuentes: El día que mataron a mi padre, Beto Coral (2023). Infobae Colombia, junio 2026. El Espectador, junio 2026.
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