La Frecuencia de Dios
Hace un par de años, al final de una sesión de yoga, en el momento de la shavasana, algo se abrió. Mi conciencia se elevó y desde ahí vi el mundo entero: personas meditando en salas de yoga, otras orando en templos, monjes budistas en silencio, y en África, hombres y mujeres tocando tambores alrededor del fuego. Rituales distintos, idiomas distintos, continentes distintos. Y sin embargo el mismo impulso, la misma dirección. Cuando terminé la clase le dije a mi maestra: las personas nos conectamos con Dios de distintas maneras, y todo eso es lo que mantiene la luz y el bien en el mundo.
Ayer me acorde de esta visión, al
ver como el profesor Jiang Xueqin, en sus clases magistrales sobre el
cristianismo, sostiene algo que resuena con las tradiciones más antiguas: el
universo es vibracional, y las vibraciones de las personas no son neutras. Cada
pensamiento, cada acto, cada disposición del alma lleva al ser humano en una
dirección, hacia Dios o en sentido contrario.
¿Pero hacia qué, exactamente,
apunta esa frecuencia? Las escrituras y la filosofía convergen en tres
propósitos originales de la creación: el amor entre los seres humanos, la
armonía con la naturaleza, y la búsqueda del conocimiento que nos acerca al misterio
de lo creado. No son mandamientos impuestos desde afuera. Son los movimientos
espontáneos de un alma que vibra en su frecuencia natural.
Y el mal, en este sistema, no necesita ser una fuerza rival con nombre propio. Juan Miguel Zunzunegui, en su reflexión sobre los Evangelios Apócrifos, señala la arquitectura filosófica que subyace a las escrituras católicas: el mal es fundamentalmente la ausencia de Dios en la vida de una persona, igual que la oscuridad no es una cosa, sino la ausencia de luz. No se combate huyendo de él. Se disipa llenando el espacio con lo que le falta. Para sustentar esta lectura, Zunzunegui acude a San Agustín, "El mal no tiene ninguna naturaleza propia; es solo la ausencia del bien lo que recibe el nombre de mal." (San Agustín, La Ciudad de Dios) Y en otro lugar, el mismo Agustín revela el reverso luminoso de esa misma verdad, que el alma humana no puede descansar en ninguna frecuencia que no sea la original: "Nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti." ( San Agustín, Confesiones, Libro I) "Quiétate, y sabe que yo soy Dios." ( Salmos 46:10)
Pero sería deshonesto hablar de
la frecuencia de Dios sin señalar que las prácticas espirituales no son buenas
por sí solas. Son instrumentos, y pueden apuntar en la dirección equivocada. El
primer libro de Reyes lo muestra sin rodeos. Jezabel, queriendo apoderarse de
la viña de Nabot, un hombre que se había negado a vendérsela al rey por ser
herencia de sus padres, no recurrió a la violencia abierta. Recurrió a la
religión. Mandó proclamar un ayuno, convocó a los ancianos, organizó una
asamblea solemne. Y dentro de esa ceremonia sagrada, colocó falsos testigos que
acusaron a Nabot de blasfemia. El hombre fue apedreado, y el rey tomó su viña. "Escribe
cartas en nombre de Acab... pon a dos hombres perversos frente a él que
atestigüen contra él... sácale y apedréale para que muera." (1 Reyes
21:8-10)
El ayuno, la oración, la
convocatoria religiosa, todas formas
sagradas, vibraron hacia la injusticia y el asesinato. Jezabel no negó a Dios.
Lo usó. Lo cual revela algo esencial: la frecuencia no la define la forma del
ritual. La define la dirección del corazón que lo realiza. Una oración que
busca el poder o la venganza vibra hacia la ausencia de Dios sin importar
cuántos versículos la acompañen. La historia de Acab no termina con el crimen
de Jezabel. Cuando el profeta Elías anuncia la sentencia de Dios al rey, Acab
hace algo inesperado: se humilla. Y Dios aplaza el castigo, no para sus días,
sino para los de su hijo. "¿Has visto cómo Acab se ha humillado delante
de mí? Por cuanto se ha humillado, no traeré el mal en sus días; en los días de
su hijo traeré el mal sobre su casa." (1 Reyes 21:29)
Aquí aparecen las dos únicas
rutas disponibles frente al error, propio o ajeno. La primera: no responder mal
por mal. El evangelio lo dice con claridad: "No te dejes vencer
por el mal, sino vence el mal con el bien." No por ingenuidad,
sino porque responder al error con más error solo añade más desequilibrio al
sistema, más frecuencia negativa que alguien, más adelante, tendrá que cargar. La
segunda: el arrepentimiento genuino. Que tiene efecto real, como lo muestra
Acab. Pero nótese lo que ocurre: la sentencia no se cancela. Se aplaza. Las
consecuencias de lo sembrado siguen su curso. El arrepentimiento cambia la
dirección futura, no deshace el peso del pasado. Nadie escapa de las
consecuencias de sus acciones y sus errores. La ley de causa y efecto no tiene excepciones;
solo, a veces, misericordia en los plazos.
Pero ¿qué ocurre cuando el alejamiento no es individual sino civilizatorio? Las escrituras y la arqueología cuentan la misma historia desde ángulos distintos. Cuando el "error" palabra más precisa que "pecado", pues describe una desviación del rumbo antes que una culpa moral, se vuelve demasiado pesado y extendido, aparecen siempre dos caminos: o la humanidad despierta y muestra lo mejor de sí misma, o la naturaleza vibra hacia el equilibrio por su cuenta. El diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, las referencias bíblicas a fuego caído del cielo que investigadores contemporáneos leen como posibles impactos cósmicos, todos estos eventos apuntan a lo mismo: la creación tiene una dirección, y cuando algo la bloquea demasiado tiempo, el sistema encuentra la forma de corregirse. No como venganza. Como física.
Algunos arqueólogos calculan que
la Tierra alberga evidencia de vida humana organizada por al menos 350,000
años. Nuestra historia "conocida" apenas cubre los últimos 6,000. En
el espacio entre esos números hay vestigios: ruinas bajo el mar, megalitos
inexplicables, mitos diluvianos idénticos en culturas que nunca se conocieron.
La imagen no es de progreso lineal, es de ciclos. Civilizaciones que alcanzan
cierto punto, pierden su frecuencia colectiva, y son reiniciadas. Y cada vez,
los que guardaron la dirección sobreviven para empezar de nuevo.
Lo que a menudo se pierde en las
lecturas apocalípticas es que no terminan en destrucción. Terminan en promesa.
Una promesa dirigida específicamente a quienes mantuvieron su vibración cuando
todo a su alrededor la abandonó. "Porque he aquí que yo crearé nuevos
cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria... Me gozaré con mi
pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor." (Isaías
65:17-19) "Vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Enjugará Dios toda
lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni
clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." (Apocalipsis
21:1-4) El reinicio no es el fin de la humanidad. Es el fin de una versión de
ella. Y la promesa es que hay un siguiente capítulo, para los que no soltaron
la frecuencia.
No dudo que hay millones de
personas hoy que, a través de sus prácticas espirituales y religiosas, buscan
genuinamente lo bueno y la conexión con Dios. La visión de la shavasana me lo
mostró: la red de luz existe y vibra. Pero como frecuencia colectiva,
la suma de todas las vibraciones individuales de esta civilización, la imagen
es más difícil de sostener con optimismo. Las guerras que no cesan. El planeta
que se deteriora. El tejido social fragmentado. El amor reducido a transacción
y la armonía con la naturaleza sacrificada en el altar del crecimiento sin
límite. Si los patrones se repiteny la historia sugiere que sí, estamos en un
punto familiar. El mismo punto en que otras humanidades estuvieron antes de que
su capítulo cerrara.
O dicho de otra manera: ¿somos la generación que
despierta o la que obliga a que el reinicio venga de fuera? La respuesta no
la da ningún líder ni ningún evento global. La da la suma de millones de
vibraciones individuales, acumuladas día a día. La da lo que cada uno de
nosotros elige hacer con la frecuencia que le corresponde sostener. Porque la
frecuencia colectiva no es una abstracción. Empieza, siempre, en una sola
persona que decide sintonizar.
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