Amada Danny María
La conocí cerca de 2012, en un intercambio y visita de la CNOA para fortalecer los procesos organizativos raizales y afrocolombianos. Ella era la coordinadora de Género, y desde que la vi me pareció una mujer fuerte, grande, imponente, sobre todo intimidante. Nada más lejos de la verdad: su voz era dulce, como si cantara, y su ternura era incontenible. Su nobleza sobrepasaba su cuerpo físico.Nos hicimos amigas a fuerza de llamadas largas y momentos memorables. Volvimos a encontrarnos a finales de 2014, cuando yo apenas me reencontraba con mi negritud, hacía la transición y me atrevía a intentar una historia nueva, a cerrar ciclos de amores fallidos. En 2015 me acompañó hasta el río Cipriano: allí comí su tapado, respiré su Buenaventura y recibí la bendición de los ancestros, sin saber todavía que llevaba en el vientre la bendición de la vida. En el 2016, vino con sus padres a visitarnos, estaba conectada con el maritorio.
Seguimos caminando juntas cuando ella entró a la Comisión de la Verdad e insistió, con su fuerza tranquila, en incluir a las islas como víctimas: armó equipo, dialogó con líderes raizales, instituciones y juntas de acción comunal hasta lograrlo. Cuando muchas de quienes creí compañeras de camino me dieron la espalda por un dolor que aún no comprendo, ella se quedó. "No sé qué pasó, pero eso no define mi relación contigo ni con ella", me dijo. Fue hermoso sentirme amada por encima de quienes condenan y aíslan.
En julio de 2019 noté que algo andaba mal en su cuerpo, aunque ella tampoco lo sabía con certeza. La habían traicionado en el trabajo y también amigas queridas; vino al Fuerte de Santa Catalina a sanar, y esa misma semana celebramos juntas los quince años de mi Samuel: nos hicimos familia. En diciembre, en plena concertación con las comunidades, la vi poderosa pero drenada, más vulnerable que nunca. Meses después llegó el diagnóstico, y admiré su decisión de dejarlo todo para cuidar su vida.
Tras más de dos años de lucha y un respiro de calma, la enfermedad volvió con más fuerza a finales de 2022. En febrero de 2023, en el marco del proyecto Los hijos del paisaje, memorias de desaparecidos en el mar, hicimos círculos de cuidado; nos enseñó que buscar la verdad no debería costarnos el bienestar a quienes luchamos por la justicia, y compartió que su tesis de maestría sobre violencia sexual en mujeres negras había despertado un dolor que tal vez detonó todo esto, pero que ella abrazaba como otra forma de aprender y evolucionar.
En junio de 2024, en mi grado, la vi florecer: soñaba con un lugar a las afueras de la ciudad para cultivar comida sana y hacer encuentros de cuidado con saberes ancestrales. Meses después viajé a Guyana y ella fue guía de todo mi proceso; planeamos que vendría a trabajar en proyectos con una fundación de migrantes. A comienzos de 2025 armó un círculo de lectura feminista con el libro Este dolor no es mío, que leímos los martes y jueves, a las cinco de la mañana para mí y las seis para ella. No sabíamos que era su último regalo.
A mitad del libro le empezó un dolor de espalda. En mayo supimos que el diagnóstico era peor de lo esperado. Hablamos en junio. En julio ya se había ido. Esa madrugada la vi en sueños. Me esperaba para darme un abrazo y decirme que su tiempo se había agotado, pero que estaría con nosotras, rodeada de muchas mujeres.
Hoy, a casi un año de tu partida física, terminó la temporada final de tu serie favorita. Al principio me dolió: Segvi había superado el cáncer y todo había comenzado con ella. Pero al llegar al final entendí que así como empezó con ella, todo termina con ella también. Creo que las personas tenemos un ciclo, y cuando se cumple, la despedida es inaplazable. Ahora veo ese tiempo entre el diagnóstico y el adiós como lo que realmente fue: un regalo de sanación y transición.
Fuiste una maestra de la vida y del espíritu. Tu capacidad de amor y comprensión te sobrepasaba. Gracias por el regalo de tu amistad, por el regalo de tu presencia y por la generosidad de compartir tus conocimientos y ayudarnos a las que tuvimos el placer de estar en tu círculo de trascender. Donde quiera que estés, espero que tu luz siga brillando, como vive en nuestros recuerdos. Hasta luego, amada Danny María.
A Danny solo le bastó un día para enseñarme que las almas se encuentran siempre por una razón y nuestra razón fue el cuidado, cerrar ciclos y aprender a decir ¡no más, primero yo, primero mi bienestar! gracias a las enseñanzas de Danny cerré un ciclo laboral que me tenía en crisis ansiosa, recuerdo que en grupo nos sumergimos 7 veces en el mar pensando en lo que queríamos soltar. También me enseñó que la carne de lenteja existe y hoy es mi favorita en las hamburguesas.
ResponderEliminarDanny fuiste luz y lo sigues siendo, eres eterna ✨
Nos enseñaste a cuidar de nosotras y confiar en otras mujeres. Fuiste luz, guía, admiración para muchas mujeres. Dejaste un gran legado y mucho amor en los corazones de quienes te conocimos.
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