Los Evangelios: la buena noticia que hay que volver a poner en el centro

 


La palabra "evangelio" viene del griego euangelion: buena noticia. No es un detalle etimológico menor. Es el nombre que las primeras comunidades cristianas eligieron para los cuatro textos que narran la vida, las enseñanzas, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazaret. Son, literalmente, la herencia central que Cristo dejó a quienes se llaman cristianos: no un conjunto de reglas, sino un anuncio. Y sin embargo, en buena parte del cristianismo contemporáneo, esa herencia ha quedado curiosamente al margen.

Lo que dicen, y lo que cuesta citar

Mateo, Marcos, Lucas y Juan fueron escritos entre los años 65 y 100 d.C., a partir de tradiciones orales que circulaban entre los primeros seguidores de Jesús. Marcos, el más antiguo y directo, sirvió probablemente de base para Mateo y Lucas, los llamados "evangelios sinópticos". Juan, el último en redactarse, se distingue por su lenguaje simbólico y su énfasis en la divinidad de Cristo.

Pero más allá de su historia de composición, lo que contienen es lo que incomoda. En los Evangelios, Jesús le dice al joven rico que venda todo lo que tiene y lo dé a los pobres. Dice que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos. Llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a los perseguidos por causa de la justicia. Pide amar al enemigo, no juzgar, examinarse a uno mismo antes de señalar a otros. Es un mensaje que no se acomoda fácilmente a una narrativa de éxito, estatus o vindicación personal.

Por eso resulta revelador que, en el discurso público de muchas iglesias que se llaman a sí mismas protestantes o evangélicas, sean tan escasas las citas directas a los Evangelios. En cambio, abundan las citas a Isaías o a Job: textos que ofrecen algo distinto, una narrativa de vindicación. Job es el justo que sufre injustamente, incomprendido por quienes lo rodean, y termina restaurado. Isaías tiene pasajes sobre la reivindicación divina del justo frente a sus acusadores. Ambos encajan con comodidad en el molde de "me critican, pero Dios está de mi lado y me va a bendecir de todas formas". Los Evangelios, en cambio, exigen demasiado a quien los cita en defensa propia.

Leer el Antiguo Testamento a la luz de Cristo

La tradición cristiana, sobre todo la católica y la ortodoxa, siempre sostuvo que el Antiguo Testamento se lee a la luz del Nuevo, y no al revés. Agustín de Hipona lo resumió en una frase que se volvió clásica: el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo, y el Antiguo se hace patente en el Nuevo. Jesús mismo lo pone en práctica en el Sermón del Monte: toma la ley mosaica —ojo por ojo, ama a tu prójimo— y la reinterpreta hacia un estándar más alto: ama también a tu enemigo, no basta con no matar, también cuenta el odio que se guarda en el corazón.

Cuando ese orden se invierte, y el Antiguo Testamento se cita de forma autónoma, sin pasar por el filtro de lo que Cristo enseñó, el resultado es previsible: se recuperan las promesas de bendición y restauración, pero se deja fuera la exigencia ética que las acompaña en los Evangelios. Se hereda la promesa sin heredar el llamado.

Un cristianismo de bienestar que no encuentra sustento en Cristo

No es casual. Buena parte de lo que hoy se conoce como teología de la prosperidad construyó su edificio doctrinal evitando sistemáticamente los pasajes del Nuevo Testamento que hablan de despojarse, servir, dar y cargar la propia cruz. Esa corriente, que mide la bendición divina en términos de éxito material y estatus social, encontró en el Antiguo Testamento un terreno más fértil que en las palabras del propio Jesús.

Este fenómeno no ocurrió en el vacío. El crecimiento acelerado de este tipo de cristianismo en América Latina desde los años setenta y ochenta coincidió con un momento en que la teología de la liberación —que leía los Evangelios en clave de justicia social, opción por los pobres y crítica a las estructuras de poder— era vista como una amenaza política por sectores conservadores. No hace falta suscribir a una teoría de conspiración deliberada para reconocer el efecto: una teología que evita los Evangelios como eje termina, en la práctica, desactivando precisamente las enseñanzas de Cristo que podrían sostener una visión del mundo más igualitaria y más crítica del statu quo.

Volver al centro

Nada de esto significa que todo el protestantismo o todo el evangelicalismo hayan abandonado los Evangelios; existen corrientes, pastores y comunidades que los predican con toda su fuerza transformadora, incluso en dirección contraria a la que aquí se describe. Pero como tendencia general, hay un desplazamiento que vale la pena nombrar y corregir.

Si el cristianismo tiene un centro, ese centro es la buena noticia misma: las palabras y los hechos de Jesús, no como un apéndice devocional sino como el criterio desde el cual se lee todo lo demás, incluido el Antiguo Testamento. Volver a los Evangelios no es un ejercicio de erudición bíblica. Es recuperar el único fundamento desde el cual el cristianismo puede seguir llamándose, con honestidad, una buena noticia.

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