Los Compromisarios II

Cuando Iván Duque llegó a la Presidencia yo ya había tomado una decisión política distinta a la de muchos de mis antiguos compañeros compromisarios. Había apoyado a Gustavo Petro en la segunda vuelta presidencial de 2018 porque consideraba que representaba una mejor alternativa para el país.

Sin embargo, eso no significaba que estuviera esperando el fracaso del nuevo gobierno. Como ciudadana, y especialmente como isleña, quería que le fuera bien. Quería equivocarme en mis temores. Su primer acto de gobierno fue en San Andres prometia mucho para el departamento, varios jovenes fueron reconocidos por la primera dama por su liderazgo. Sin embargo, antes de acabarse el evento, el tuvo una reunión privada con la autoridad raizal y mostro su talante autoritario y se abando el coliseo del Cove con un mal ambiente, creo que duro anos en volver a las islas.


Sin embargo, durante los primeros meses incluso hubo razones para mantener cierta expectativa. Con la llamada Economía Naranja y la participación de ministros como José Manuel Restrepo, participé en mesas de discusión relacionadas con el Plan Nacional de Desarrollo. Los discursos hablaban de innovación, emprendimiento, creatividad y oportunidades para las regiones. Parecía existir una voluntad de escuchar a los territorios y de construir nuevas formas de desarrollo. Todo sonaba prometedor.


Pero fue precisamente allí donde comenzó mi verdadera ruptura con el gobierno. Mientras avanzaban las discusiones, empecé a percibir algo que me resultaba familiar. Las regiones aparecían constantemente en los discursos, pero rara vez en los espacios reales de decisión. Se prometían inversiones, proyectos y oportunidades, pero la ejecución seguía quedando en manos de personas externas a los territorios. Comencé a sentir que para muchos funcionarios las regiones eran vistas más como lugares donde desarrollar negocios y ejecutar contratos que como comunidades con conocimiento, capacidades y derecho a participar en las decisiones que afectaban su propio futuro. 

El primero de mis dolores fue la manera en que el gobierno entendía las regiones. Sentía que veían los territorios como espacios para ejecutar proyectos y hacer negocios, pero no como comunidades con voz propia. Las decisiones se tomaban lejos de nosotros. Los recursos llegaban acompañados de operadores, contratistas y ejecutores externos, mientras el conocimiento local y la participación de la gente del territorio quedaban relegados a un segundo plano.

Como isleña, aquello me dolía profundamente. Sentía que seguíamos siendo vistos como una periferia a la que había que administrar, no como ciudadanos capaces de decidir sobre nuestro propio destino.



Luego llegó la pandemia.Ese es probablemente uno de los capítulos más dolorosos de mi vida.

Muchas personas recuerdan aquellos años hablando de estadísticas y decisiones técnicas. Yo los recuerdo pensando en nombres y rostros concretos. Siempre he creído que la vacunación pudo haber comenzado antes y que muchas vidas pudieron haberse salvado. Tal vez nunca tendré forma de demostrarlo, pero llevo conmigo la convicción de que mi diácono y mi cuñada podrían estar vivos hoy si algunas decisiones hubieran sido distintas. Cuando escucho hablar de estrategias, cronogramas o programas institucionales, no puedo evitar pensar en las personas que perdimos mientras esperábamos respuestas. Ese dolor nunca desapareció.

Como si la pandemia no fuera suficiente, llegaron los huracanes Eta e Iota. Providencia quedó devastada. San Andrés sufrió inundaciones, destrucción y una crisis humana que pocas personas en el continente alcanzan a comprender. Lo que más me marcó no fue solamente la fuerza del huracán. Fue lo que vino después. Vi personas viviendo durante meses en carpas. Vi adultos mayores enfrentando simultáneamente el covid, la lluvia, el frío y el abandono. Vi familias esperando durante meses soluciones que parecían no llegar nunca. Para muchos colombianos aquello fue una noticia más, pero para los isleños e isleñas fue un reinicio. Y fue allí donde terminé de comprender que un gobierno puede causar tanto daño por lo que hace como por lo que deja de hacer.


https://www.elespectador.com/colombia/mas-regiones/asi-va-la-reconstruccion-de-san-andres-providencia-y-santa-catalina-article/

Otro de mis grandes desacuerdos fueron las reformas tributarias, mientras millones de familias enfrentaban dificultades económicas, el gobierno impulsaba medidas que afectaban bienes esenciales y aumentaban la carga sobre quienes sostenían buena parte de la economía real del país. Vi cómo pequeños empresarios luchaban por sobrevivir mientras se les exigían mayores esfuerzos. Sentía que quienes diseñaban esas políticas desconocían completamente la realidad de las personas que se levantaban cada mañana para sostener un negocio, generar empleo y sacar adelante a sus familias.

Y entonces llegó Carrasquilla., todavía recuerdo la indignación que sentí cuando escuché sus declaraciones sobre el precio de los huevos. Para muchos pudo parecer una anécdota. Para mí simbolizaba algo mucho más profundo: la desconexión absoluta entre quienes gobernaban y quienes padecían las consecuencias de sus decisiones. Aquella reforma tributaria fue la chispa que encendió una indignación que llevaba años acumulándose.

Y llegó el estallido social, vi a miles de jóvenes salir a las calles convencidos de que el país necesitaba cambios profundos. También vi imágenes que jamás pensé presenciar en una democracia. Vi denuncias de jóvenes asesinados. Vi personas que perdieron sus ojos por el impacto de proyectiles. Vi familias buscando a sus hijos detenidos. Vi miedo, rabia y desesperanza, es dificil no fijarse en el dolor, aun cuando no  creyera que todos los manifestantes tenían razón ni porque toda protesta fuera perfecta. Me marcaron porque comprendí que el Estado estaba respondiendo al descontento social de una manera que yo consideraba inaceptable.


Fue entonces cuando terminé de entender algo que cambiaría para siempre mi manera de ver la política. Aprendí que mirar hacia otro lado también es una decisión.Aprendí que la neutralidad puede convertirse en una forma de complicidad. Y aprendí que cuando uno presencia el sufrimiento de su gente, llega un momento en que debe decidir si permanece en silencio o si levanta la voz.  

Yo decidí levantar la voz. Y por eso esta historia tomó un rumbo diferente al de muchos de mis antiguos compañeros compromisarios.




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