Las Discípulas

 


Una de las críticas más frecuentes al cristianismo es que surge del judaísmo, una religión con estructuras profundamente patriarcales, donde la mujer ocupaba un lugar jurídico y social inferior al del hombre. Desde esta lectura, la construcción teológica de la feminidad parece desfavorable: la mujer aparece derivada del hombre en el relato del Génesis, y es Eva quien introduce el pecado en la humanidad. Estas interpretaciones, reforzadas por siglos de tradición rabínica y patrística, han llevado a muchos a concluir que la mujer es un personaje secundario en la historia de la salvación.

Sin embargo, cuando leemos las Escrituras con mayor atención, encontramos algo diferente en el subtexto. Las mujeres no son figuras pasivas ni marginales, son protagonistas de momentos decisivos. Ester arriesga su vida para salvar a su pueblo. Judit actúa con una valentía que ningún hombre de su ciudad se atrevió a tener. Y Agar, la esclava desterrada por Abraham, no muere en el desierto en el olvido: clama a Dios, y Dios la escucha. No a Abraham. A ella. Pero esta lectura positiva choca con una corriente narrativa que corre con más fuerza en la tradición. Las historias donde la mujer aparece como origen de la tragedia se repiten, se comentan y se graban en la memoria colectiva con una intensidad que las otras no reciben.

Dina, la hija de Jacob, es violada, y sin embargo el relato gira hacia las consecuencias que su situación trajo sobre el linaje de su padre, como si el verdadero drama fuera el desorden que ella, por existir, desencadenó. Jezabel seduce a Acab hacia el culto a Baal y se convierte en el símbolo bíblico por excelencia de la mujer que aparta a Israel de Dios. Su nombre sobrevive como sinónimo de perversión y apostasía. Estos relatos no solo se cuentan,  se teologizan, se convierten en advertencia, en doctrina, en patrón.

Y sin embargo, si contamos, las mujeres que actúan con fidelidad, valentía o sabiduría son muchas más. Débora gobierna y conduce a Israel a la victoria. Rut elige al Dios de Israel libremente, por amor. Abigail detiene con su inteligencia la ira de David. Ana ora con una intensidad que el sacerdote confunde con embriaguez, y Dios le responde. Miriam lidera el canto del pueblo tras cruzar el mar. Las comadronas Sifra y Fúa desafían al faraón y salvan a los niños hebreos.

El argumento no se detiene en el Antiguo Testamento. Muchas teólogas feministas señalan que el Nuevo Pacto, lejos de resolver la tensión, la cristaliza en una figura: María. La decisión teológica de presentar a María como perpetuamente virgen, antes, durante y después del parto, construye, según esta lectura, un ideal de feminidad que solo puede acercarse a Dios desde la pureza corporal absoluta. El resultado es una dicotomía que atraviesa siglos de cristianismo: la mujer santa es la que no desea, no mancha, no seduce. Y frente a ella, todas las demás. Eva contra María. La pecadora contra la inmaculada. La que destruye contra la que obedece.

Esta dicotomía no es inocente. Ha servido históricamente para juzgar a las mujeres reales, las que tienen cuerpo, historia, deseo, error,  como intrínsecamente más alejadas de Dios que los hombres. Como si la feminidad en su forma natural fuera un obstáculo a la santidad, y solo en su forma negada pudiera convertirse en templo. Es una crítica que no puede descartarse con facilidad, porque tiene evidencia histórica y doctrinal detrás. Y sin embargo, vale la pena preguntarse si esa lectura agota lo que María significa en el texto, o si también aquí estamos ante una historia que se ha contado de una manera cuando podría contarse de otra.

Y sin embargo, más allá de los debates sobre la naturaleza de María, hay algo en su lugar en la historia que transforma la narrativa de raíz. María no es simplemente un símbolo de pureza, es el vehículo del Nuevo Pacto entre Dios y la humanidad. Dios no llegó al mundo a través de una institución, de un sacerdote, de una autoridad masculina. Llegó a través de una mujer, con su consentimiento, en su cuerpo. Sojourner Truth, ex esclava y abolicionista, lo dijo con una claridad que ningún teólogo había logrado en pocas palabras. ¿En su discurso “Ain’t I a Woman?" pronunciado en 1851, respondió a quienes usaban la religión para subordinar a la mujer: "¿De dónde vino Cristo? ¡De Dios y de una mujer! El hombre no tuvo nada que ver con eso." Si la conexión más directa entre lo divino y lo humano en toda la historia de la salvación ocurrió a través de una mujer, ¿en qué momento exactamente se estableció que los hombres son los intermediarios naturales de Dios?

Pero más allá de la figura de María, los mismos evangelios nos van describiendo, a lo largo del ministerio de Jesús, a un grupo de mujeres que caminaban con él, lo cuidaban y lo acompañaron hasta después de su sepulcro. Los evangelios las nombran con suficiente detalle como para que no podamos ignorarlas, aunque la tradición lo haya intentado.

María Magdalena es la más mencionada, aparece en los cuatro evangelios. No era una seguidora ocasional: caminó con Jesús desde Galilea, estuvo al pie de la cruz cuando casi todos los apóstoles habían huido, y fue la primera persona en encontrarse con el resucitado. Juan le encarga explícitamente que lleve la noticia a los demás. Es decir, el primer anuncio de la resurrección, el corazón de toda la fe cristiana, lo hace una mujer.

Juana, esposa de Chuza, administrador de Herodes, representa algo sorprendente: una mujer de la élite que abandonó la seguridad de su posición para seguir a un predicador galileo itinerante. Lucas la menciona entre quienes sostenían económicamente el ministerio de Jesús con sus propios recursos. Susana aparece junto a Juana en Lucas 8:3. Sabemos poco de ella, pero ese poco es significativo: es nombrada, no es anónima. Contribuía con sus bienes al sostenimiento del grupo.

Marta y María de Betania son hermanas que representan dos modos de relación con Jesús. Marta es práctica, directa, incluso confrontacional, le recrimina a Jesús que su hermano Lázaro hubiera muerto si él hubiera llegado antes. María se sienta a escuchar su enseñanza, en la postura del discípulo, lo que en ese contexto era un gesto de ruptura cultural. Le lava los pies con aceite de Nardo y se los seca con sus cabellos en una de las lecturas más polémicas de los evangelios.

Salomé, mencionada en Marcos, estuvo presente en la crucifixión y fue al sepulcro con ungüentos. Se la identifica frecuentemente como madre de los apóstoles Santiago y Juan, lo que añade otra capa: los hijos que Jesús llamó vinieron de una mujer que también lo seguía. María de Cleofás, también llamada María la madre de Santiago el Menor y José, es una de las "otras Marías" que los evangelios mencionan sin desarrollar demasiado, pero que aparecen sistemáticamente en los momentos más importantes: la cruz y el sepulcro vacío.

La mujer samaritana (sin nombre) tiene con Jesús la conversación teológica más larga registrada en los evangelios,  y ella, una mujer de una etnia despreciada y con una historia personal complicada, se convierte en la primera misionera del evangelio en Samaria. Lo que une a todas estas mujeres no es la pureza ni la sumisión, es la fidelidad. Y esa fidelidad quedó grabada en el texto aunque la tradición posterior haya hecho todo lo posible por reducirla a una nota al margen.

Estas mujeres no son figuras decorativas en la historia de la salvación, son su memoria viva. Cuando los apóstoles dudaban, huían o negaban, ellas permanecieron. Fueron quienes creyeron hasta el final, quienes sostuvieron el ministerio con sus recursos, quienes ungieron el cuerpo, quienes llegaron primero al sepulcro, y quienes después, en el silencio de los primeros siglos, siguieron transmitiendo las enseñanzas de maneras que los registros históricos apenas capturan.

Y al centro de todas ellas, regresamos a María, pero no a la figura inmóvil del ícono, sino a la mujer que atraviesa toda la historia. Algunos teólogos han comenzado a trazar la trayectoria completa de su presencia: fue ella quien concibió a Jesús y lo formó en su humanidad, quien moldeó su carácter en los años invisibles de Nazaret. Fue ella quien, en las bodas de Caná, lo empujó a su primer milagro cuando él todavía dudaba, "Aún no ha llegado mi hora", dijo él. Ella no le hizo caso e instruyó a los sirvientes: "Hagan lo que él les diga." Ese primer acto público de Jesús lo inició una mujer. Caminó con él durante los tres años de ministerio. Lo vio morir en la cruz sin apartar los ojos. Estuvo presente en su sepultura. Lo encontró resucitado. Y después, cuando los discípulos se reunieron a esperar al Espíritu Santo en el Aposento Alto, ella estaba entre ellos, no como invitada, sino como columna. La tradición la une a Juan, el discípulo amado, a quien Jesús desde la cruz le había encomendado cuidarla como a su propia madre. Decir que María fue la primera sacerdotisa no es un exceso poético. Es reconocer que ninguna otra persona en la historia del cristianismo acompañó la obra de Dios de manera tan completa, tan sostenida y fiel, desde la encarnación hasta Pentecostés. No tuvo título. No tuvo altar. Pero estuvo en cada momento que importó.

Y si queremos entender dónde nació realmente la teología cristiana, no debemos buscar solo en los concilios ni en las epístolas, debemos buscar en las conversaciones. Porque los momentos más hondos del ministerio de Jesús ocurrieron en diálogo con mujeres. Con la samaritana, Jesús revela por primera vez abiertamente que él es el Mesías. Con la mujer sorprendida en adulterio, establece uno de los principios más radicales de su ética: que nadie sin pecado puede condenar a otro. La mujer que toca el borde de su manto en medio de una multitud recibe de él no solo la curación, sino un reconocimiento público — "¿Quién me ha tocado?" — cuando lo más fácil habría sido dejarla sanar en silencio. Y la mujer que derrama el nardo sobre sus pies, en un gesto que los discípulos juzgaron como un desperdicio, recibe de Jesús una de sus promesas más extraordinarias: "Donde se predique este evangelio en todo el mundo, se contará también lo que esta ha hecho." Jesús mismo garantizó que ella no sería olvidada. La tradición hizo todo lo posible por lograrlo de todas formas.

No hay duda de que los apóstoles fueron fundamentales. Su valentía, su predicación y sus viajes llevaron el evangelio hasta los confines del mundo conocido. Pero mientras ellos recorrían el Mediterráneo, las primeras comunidades cristianas se reunían en casas, y esas casas eran frecuentemente de mujeres. Lidia de Filipo, la primera convertida en Europa, abrió su hogar como la primera iglesia en ese continente. Priscila instruyó a Apolo, uno de los predicadores más elocuentes del movimiento primitivo. Febe fue diaconisa y mensajera de Pablo. En esas casas, manos de mujeres partían el pan y disponían el vino, el mismo gesto que hoy llamamos Eucaristía.

Y cuando el mundo romano finalmente abrió sus puertas al cristianismo, también había una mujer detrás. Elena, madre del emperador Constantino, fue una cristiana devota cuya fe influyó profundamente en la decisión de su hijo de reconocer y luego oficializar el cristianismo como religión del Imperio. Sin Elena, la historia de la Iglesia institucional podría haber sido completamente distinta. Las mujeres no estuvieron al margen del evangelio. Fueron su suelo, su memoria y su sostén. Lo creyeron cuando era peligroso creerlo, lo transmitieron cuando no tenían permiso de predicarlo, y lo sostuvieron cuando los que sí tenían ese permiso dudaban o huían. Si la fe cristiana sobrevivió sus primeros siglos, fue también porque ellas estaban ahí, invisibles para la historia oficial, pero presentes en cada momento que importó. Las discípulas no son una nota al pie. Son parte del cimiento.

Comentarios

Entradas populares de este blog

A mis Hijos2

Saltar la cerca

Herminia